En un rincón apartado del vasto mundo, donde los arroyos murmuran melodías y los árboles cuentan historias de tiempos pasados, reinaba Midas, el rey de Frigia. Su palacio, un esplendor de mármoles brillantes y techos dorados, se erguía como un símbolo de opulencia. Sin embargo, tras la brillante fachada, se ocultaba el corazón de un hombre insatisfecho y ambicioso, anhelando más que la riqueza que ya poseía.
Amado por su dulce hija, Zoe, cuya risa iluminaba incluso los días más oscuros, Midas nunca parecía saciado. Su alma, atrapada en un laberinto de codicia, lo llevaba a un deseo insensato: convertir todo lo que tocara en oro, creyendo que así encontraría la felicidad duradera. Al escucharlo, un dios, divertido por su imprudencia, decidió concederle este extraño don, un regalo que, como un lujoso trapecista, se balancearía entre la bendición y la maldición.
La aventura de Midas pronto se tornaría oscura. Cuando la euforia inicial se disipó, su alegría se tornó en terror. Al abrazar a Zoe con la esperanza de compartir su fortuna, la convirtió en una hermosa estatua dorada. En un instante, su deseo se transformó en pesadilla; el oro, frío y vacío, no podía ofrecerle consuelo ni amor. La codicia, otrora su ilusión dorada, se había convertido en su más profundo dolor.
Midas, consumido por la desesperación, se embarca en una búsqueda para revertir su desafortunada suerte. Lo que descubra en el camino cambiará para siempre su percepción de la riqueza. ¿Podrá el rey aprender que el verdadero tesoro es invisible a los ojos y solo puede ser tocado con el corazón?